Septiembre llega cada año con el mismo ritual: libros nuevos, mochilas preparadas, uniformes o ropa recién estrenada, horarios que vuelven a organizar los días y aulas que recuperan su ruido después del verano.
Los niños, niñas y adolescentes vuelven al colegio cargados de cosas, pero no todo lo que llevan pesa lo mismo. Y no todo cabe en una mochila.
Hay mochilas que llevan, además de cuadernos y estuches, nervios por empezar un nuevo curso. Miedo a no encajar. Dudas sobre si serán capaces de afrontar una asignatura. La ilusión de reencontrarse con sus amigos. La tristeza de haber dejado atrás el verano. La preocupación por lo que ocurre en casa. O simplemente la incertidumbre de enfrentarse a un curso lleno de cosas que todavía no saben cómo serán.
Cada niño, niña y adolescente vuelve al aula con su propia historia. Y esa historia no siempre se ve.
Hay cosas que no aparecen en la lista de material escolar
Cuando pensamos en la vuelta al cole, solemos hablar de preparar horarios, comprar material, recuperar rutinas o ayudar con los deberes. Todo ello es importante. Pero hay otra preparación que resulta igual de necesaria: estar preparados para escuchar cómo se sienten.
Porque detrás de un “no quiero ir al cole” puede haber muchas cosas.
Puede ser cansancio. Puede ser miedo. Puede ser inseguridad. Puede ser un conflicto con un compañero. Puede ser la dificultad para seguir el ritmo de la clase. O puede ser, sencillamente, que todavía necesitan tiempo para volver a adaptarse.
Del mismo modo, detrás de un “estoy bien” puede haber mucho más de lo que parece.
Por eso, acompañar a niños, niñas y adolescentes no consiste únicamente en preguntarles qué deberes tienen o cómo les ha ido un examen. También significa interesarnos por aquello que no se puede medir con una nota: cómo se sienten, qué les preocupa, qué les ilusiona y qué necesitan de nosotros.


Cada mochila pesa diferente
Las circunstancias familiares, las dificultades económicas, los problemas de aprendizaje, la falta de confianza, las dificultades para relacionarse o determinadas situaciones personales pueden hacer que el camino sea más complicado.
Y aunque desde fuera todas las mochilas puedan parecer iguales, no todas pesan lo mismo.
Por eso es tan importante crear espacios seguros en los que cada niño o niña pueda sentirse escuchado y acompañado. Espacios donde pueda equivocarse sin miedo, pedir ayuda cuando la necesite y descubrir que las dificultades no determinan hasta dónde puede llegar.
Herramientas para llenar esa mochila
A lo largo de la infancia y la adolescencia, los niños y niñas van acumulando aprendizajes que les acompañarán mucho más allá de la escuela. Aprenden a trabajar en equipo, a gestionar la frustración, a resolver conflictos, a confiar en sí mismos, a respetar a los demás, a asumir responsabilidades y a levantarse después de un error.
Son aprendizajes que no siempre aparecen en los libros de texto, pero que también forman parte de su educación. Y en este sentido, el deporte puede convertirse en una herramienta extraordinaria.
Porque en el deporte se aprende que no siempre se gana. Que equivocarse forma parte del proceso. Que hay días en los que las cosas no salen como esperamos y otros en los que descubrimos que somos capaces de mucho más de lo que imaginábamos.
Se aprende a perseverar, a confiar, a trabajar con los demás y a celebrar los logros propios y ajenos. En definitiva, se aprenden valores que ayudan a afrontar también los retos que aparecen fuera de la pista.
¿Cómo podemos acompañarlos?
Los adultos no podemos evitar todas las dificultades que encontrarán a lo largo del camino. Tampoco podemos saber siempre qué llevan dentro cuando cruzan la puerta del colegio. Pero sí podemos acompañarlos.
Podemos enseñarles que pedir ayuda no es una debilidad. Que equivocarse no significa fracasar. Que no tienen que hacerlo todo solos. Que sus esfuerzos importan, incluso cuando el resultado no es el esperado. Podemos escuchar sin juzgar. Preguntar sin presionar. Estar presentes incluso cuando no quieren hablar.
Podemos ayudarles a llenar esa mochila invisible de confianza, perseverancia, empatía y recursos para afrontar las dificultades.
Porque no podemos elegir todo lo que encontrarán en el camino, pero sí podemos acompañarles para que aprendan a recorrerlo.